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VISIONARIOS DE PEGA
Agencias
URL: El Correo http://www.elcorreodigital.com/

VISIONARIOS DE PEGA
Por: Santiago de Pablo

Aunque para mucha gente se trate de algo prácticamente desconocido, uno de los sucesos más sonados en el País Vasco de la II República fueron las supuestas apariciones de la Virgen que tuvieron lugar en la localidad guipuzcoana de Ezkioga a partir del verano de 1931. Setenta años después, Manuel Gutiérrez Aragón se ha animado a llevar al cine esos hechos y el resultado es la película ‘Visionarios’ (título tomado de un libro de Pío Baroja, publicado en 1932), proyectada por vez primera en el Festival de San Sebastián y recientemente estrenada en las salas comerciales.

Trasladar a la gran pantalla un acontecimiento tan complejo como el de Ezkioga (incluso el presidente de la Generalitat de Cataluña, el miembro de Esquerra Republicana Francesc Macià, tuvo relación con algunos videntes) era una misión difícil y el cineasta cántabro -autor de películas estimables- no ha salido bien parado del envite. La película sigue con relativa fidelidad los hechos históricos: a finales de junio de 1931, dos niños aseguraron haber visto a la Virgen en una campa próxima a Ezkioga y a partir de ahí los videntes se multiplicaron. Miles de personas (hasta 80.000 según algunas fuentes) acudieron al lugar y enseguida se habló de una ‘conspiración’ clerical para derribar la República, pues las apariciones -en un momento de tensión por la aplicación de las medidas de separación entre la Iglesia y el Estado decretadas por el Gobierno- hablaban de supuestos castigos divinos. La persecución a los videntes por parte de las autoridades republicanas y la pronta decisión del obispado de desautorizar la autenticidad de las apariciones hicieron fracasar definitivamente el movimiento, aunque algunos videntes (acusados de concomitancias con el nacionalismo vasco) fueron también perseguidos por el franquismo, tras la toma de Guipúzcoa en 1936.

Algunos detalles históricos están tratados con gran realismo: los métodos utilizados para descubrir si los visionarios eran farsantes o no; la figura del jesuita José Antonio Laburu, que, tras filmar las apariciones, comparó a los videntes con enfermos mentales (aunque se da una importancia desproporcionada a la trascendencia de sus filmaciones en el descubrimiento de la falsedad); la resistencia de las autoridades del País Vasco rural a cumplir las disposiciones de la República ordenando retirar las imágenes religiosas de las escuelas, etcétera. Asimismo, el arranque del filme refleja visualmente a la perfección el choque entre dos formas de ver la vida, enfrentadas en el inicio de la etapa republicana, y la mezcla de elementos políticos y religiosos, propia del clericalismo español (y especialmente vasco) de la época.

Sin embargo, estos elementos son desaprovechados por una trama deslabazada, poblada de personajes nada creíbles, lo que hace que el filme vaya perdiendo fuerza a medida que avanza. Algunos anacronismos desmerecen del esfuerzo que se ha invertido en recrear el ambiente de la época y los autores ni siquiera parecen tener claro en qué año sucedieron los hechos de 1931, puesto que al inicio del filme se habla del segundo verano de la República (1932) y, según algunas entrevistas y sinopsis publicadas en la prensa, estaríamos al final de la etapa republicana, con lo que se intenta embarullar al espectador, haciéndole creer que todo ello tenía que ver con la idea de «allanar el camino a la sublevación fascista en marcha».

En realidad, nada de esto tendría demasiada importancia, puesto que la invención es completamente necesaria en el cine histórico. Lo peor es que se han pasado por alto aspectos y se han introducido cambios que modifican el sentido de la historia. Por ejemplo, fue el gobernador civil republicano (interpretado por Fernando Fernán Gómez), y no el franquista, quien decidió enviar a algunos videntes al manicomio. En la resolución del asunto fue fundamental la decisión del obispado -tras realizar una investigación- de negar la existencia de hechos sobrenaturales y de prohibir la presencia en Ezkioga de sacerdotes y de fieles. Nada de esto aparece en la película, por lo que el espectador puede quedarse con la idea de que era cierta la afirmación de la conspiración eclesiástica (aquí reconvertida en fascista) para provocar una guerra civil.

En efecto, ciertos sectores de la izquierda vasca de la época se refirieron a Ezkioga con el nombre de la ‘Virgen del Estatuto’ (en referencia al proyecto de Estella, apoyado por los carlistas y el PNV), llegando a afirmar que la Virgen se aparecía con «el Estatuto de Estella debajo del brazo», al mismo tiempo que la prensa derechista aprovechaba los sucesos para azuzar la oposición entre el catolicismo y la recién nacida República. La especificidad política vasca no aparece en ningún momento en el filme, que no recrea el clima de tensión política y religiosa reinante en el verano de 1931, aunque, como dice William A. Christian -el mejor conocedor de los sucesos-, «cualquier análisis que interprete [las apariciones] como una conjura clerical para desbaratar el progreso social constituirá (...) una lectura empobrecida».

En realidad -como ha escrito Antón Merikaetxebarria en EL CORREO-, después de ver esta película «uno no se explica muy bien qué ha querido contarnos» el director. En declaraciones previas al estreno, Gutiérrez Aragón explicó que había tratado de demostrar que «la mezcla de religión y política siempre es explosiva» y que el fanatismo «acaba destruyendo a los propios fanáticos». La verdad de estas afirmaciones se demostró ya en la España de los años treinta y ha vuelto a ponerse de manifiesto recientemente en un ámbito muy diferente. Lástima que al espectador le sea imposible llegar por sí solo a esta conclusión, después de ver esta fallida película.

 
   

 
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