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Biología
 


MUJER Y CIENCIA
Carolina Martínez Pulido

Dentro del pensamiento biológico pueden detectarse facetas que, tal como han denunciado importantes estudiosas, están impregnadas de arraigados prejuicios. Por ejemplo, la perspectiva histórica convencional que sostiene que las mujeres apenas han participado en la elaboración del conocimiento biológico. O bien, la interpretación de ciertos procesos biológicos, como es el caso de la reproducción sexual que, al explicarse tradicionalmente en torno a un papel preponderante y exagerado de la figura masculina, ha propiciado enfoques que albergan notables distorsiones y desequilibrios. Son estos dos los aspectos que pretendemos subrayar con el fin de ayudar, desde nuestra modesta posición, a que el público en general, y sobre todo las y los jóvenes, conozcan que una parte de lo que la ciencia sostiene como conocimiento riguroso está, en realidad, deformada y condicionada por una visión sesgada de la naturaleza.

1. MUJERES Y PENSAMIENTO BIOLÓGICO
En la actualidad, cada vez es más copiosa la información que demuestra que la historia de la Biología, al igual que la de la Ciencia en general, no puede comprenderse sin tener en cuenta las contribuciones realizadas por las mujeres científicas. Aunque en un número claramente menor al de sus colegas varones, dadas las múltiples barreras interpuestas, ellas también han producido trabajos de investigación valiosos e influyentes. Con el fin de mostrar que el análisis histórico permite aflorar verdades y, al mismo tiempo, desechar arraigados tópicos, traemos a colación las aportaciones de tres grandes científicas del siglo XX, cuyos descubrimientos han tenido gran influencia en la configuración de una de las disciplinas más influyentes de la Biología: la Genética. Se trata de Nettie Maria Stevens (1861-1912), Rosalind Franklin (1920-1958) y Barbara McClintock (1902-1992).

Netti M. Stevens publicó en 1905 un trabajo trascendental en su tiempo: descubrió que el sexo de los organismos vivos está determinado genéticamente. Aunque a principios del siglo XX ya existían sospechas de que la herencia del sexo podría estar relacionada a cromosomas morfológicamente distintos, la mayoría de los biólogos todavía creía que influencias externas, tales como el alimento y la temperatura, eran las que determinaban el sexo de las crías. Casi simultáneamente a Nettie Stevens, un científico varón, el muy prestigioso Edmund B. Wilson, publicaba lo mismo. Pese a que ambos autores realizaron un análisis muy parecido de sus respectivos datos y esencialmente incidieron en las mismas clases de especulaciones teóricas, con el correr de los años el mérito ha terminado por atribuirse sólo a Wilson. De hecho, en la mayor parte de los libros de Genética general y de Historia de la Biología publicados a lo largo del siglo XX, y que son la fuente de la que han bebido las nuevas generaciones de biólogos, el trabajo de Wilson empezó desde muy pronto a recibir prioridad, siendo citado, valorado y discutido con mucha mayor amplitud y frecuencia que el de Stevens, mantenido en un injusto olvido o penoso segundo plano.

Rosalind Franklin, por su parte, jugó un papel decisivo en uno de los avances más trascendentales de la ciencia del siglo XX: el descubrimiento de la estructura de la molécula de ADN. Su contribución, considerada por los expertos un trabajo experimental de primera categoría, permaneció indignamente en la sombra durante más de veinte años. De hecho, en 1962, J. Watson, F. Crick y M. Wilkins recibieron el premio Nobel por haber elucidado la arquitectura de la famosa molécula. Rosalind Franklin, que había muerto cuatro años antes, no fue ni siquiera mencionada, pese a que una parte muy importante de su trabajo (una fotografía de difracción de rayos X de la molécula) estaba incluida en la investigación premiada sin ella que ella lo hubiera sabido nunca.

Barbara McClintonck fue otra extraordinaria investigadora cuyos trabajos, altamente especializados y muy originales, en la genética del maíz tuvieron tal profundidad que en 1983 le fue concedido en solitario del premio Nobel de Medicina y Fisiología. Hoy es considerada con todo merecimiento como una de las figuras más grandes de la genética: su huella puede considerarse imborrable.

En la actualidad, las figuras de estas tres destacadas científicas —y las de tantas otras que no podemos mencionar aquí— han sido recuperadas gracias al encomiable esfuerzo de notables historiadoras de la ciencia, y también de algunos historiadores. Son cada vez más numerosos los libros de texto o los diversos foros de discusión donde se reconoce su obra y se citan sus nombres y aportaciones. Sin embargo, no debemos llamarnos a engaño: el camino es arduo y aún son mayoría quienes mantienen en el olvido o postergadas ante sus colegas varones a muchas y valiosas mujeres dedicadas a la Ciencia. Las jóvenes, principalmente, deben tomar el relevo.

A lo expuesto hay que añadir que las mujeres no sólo han participado en la construcción del pensamiento biológico en tiempos relativamente recientes. También lo han hecho en épocas anteriores. Si nos remitimos al nacimiento de la ciencia moderna, o sea, desde la revolución científica del siglo XVII en adelante, tendremos asimismo ocasión de encontrar muchas más mujeres de las esperadas. Valga señalar que hubo notables botánicas, entomólogas e incipientes geólogas, magníficas ilustradoras de sus propias obras o de sus colegas varones, muchas traductoras y eficientes divulgadoras de la ciencia. Asimismo, un significativo número de grandes científicos tuvo por esposas a mujeres inteligentes, curiosas y con buena formación, que colaboraron con ellos a lo largo de toda o gran parte de su vida.

2. ENTRE LA BIOLOGÍA Y LOS PREJUICIOS: LA INTERPRETACIÓN DEL PROCESO REPRODUCTOR
La capacidad de los organismos para perpetuarse, es decir, hacer copias de sí mismos, ha alimentado nuestra curiosidad e interés desde las épocas más remotas de la historia, y ha sido un terreno abonado para el florecimiento de múltiples ideas e infinidad de teorías y modelos. En la actualidad, sin embargo, son cada vez más numerosos los expertos que admiten que la ideología sexista, centrada en el macho y dominante en nuestra cultura, ha tenido un peso considerable en la elaboración de teorías que adjudican a las hembras, también las humanas, un papel pasivo y subordinado en la reproducción. Muchas investigadoras subrayan, apoyadas por algunos colegas masculinos, que incluso los numerosos datos recientemente logrados utilizando las sofisticadas técnicas moleculares, no han impedido que la Biología siga afectada por prejuicios sociales. Este tipo de estudios requiere, sin duda, un nuevo enfoque que acabe de liberar esta disciplina de viejos sesgos androcéntricos.

Así por ejemplo, en los animales que se reproducen sexualmente el óvulo puede ser hasta un millón de veces más grande que el espermatozoide, ya que transporta junto a su propio material genético la maquinaria metabólica y los nutrientes necesarios para alimentar al embrión en sus primeras etapas. El espermatozoide, por su parte, es poco más que un núcleo conteniendo material genético y una cola que lo impulsa. En base a esta innegable asimetría se ha alimentado un lenguaje sexista que ha llevado a describir a los espermatozoides como activos, exploradores, penetrantes y competidores («heroico vencedor que sobrevive a un viaje lleno de peligros a través de un útero hostil»). Mientras que con asiduidad el óvulo se ha descrito como una esfera pasivamente transportada, barrida o impulsada, siempre a la espera del poder fecundador masculino (la «Bella durmiente»).

Estas diferencias morfológicas han inspirado a algunos autores a ampliar sus consecuencias hasta límites que resultan inconcebibles: han interpretado que el comportamiento sexual de animales adultos, incluidos los seres humanos, podría explicarse en función del tamaño de sus células reproductoras, sin tener en cuenta la falta de rigor científico que acarrea tal reflexión. Se trata, en realidad, de un razonamiento anclado en viejos prejuicios que sostienen que el sexo que invierte más en la descendencia, el femenino, será más pasivo y discriminador, mientras que el que invierte menos, el masculino, se apareará más y estará dispuesto a luchar para conseguirlo. En suma, sobre la base de un fenómeno de la naturaleza, óvulos grandes y cargados de nutrientes, espermatozoides pequeños y altamente móviles, se ha pretendido explicar el comportamiento sexual de animales adultos.

Recientemente, sin embargo, han empezado a ponerse de manifiesto significativas grietas en tales argumentaciones. Se ha señalado que si bien es cierto que los óvulos son significativamente más grandes que los espermatozoides, no se conoce ningún macho de ninguna especie que eyacule un único espermatozoide cada vez. A pesar de que sólo un espermatozoide es necesario para la fecundación, se producen millones de ellos. La energía necesaria para producir espermatozoides y el líquido seminal en que sobreviven es mayor que la energía requerida para producir un óvulo en la mayoría de los mamíferos. Los espermatozoides adicionales y el fluido seminal parecen ser críticos para el transporte de los gametos masculinos hasta el óvulo y su fusión con éste, de manera que si un macho eyaculara sólo un espermatozoide por vez, no tendría éxito en la fecundación. Los machos mamíferos podrían por tanto hacer esfuerzos iguales o tal vez mayores que las hembras para que la fecundación tenga éxito, lo cual significa que, al menos en lo que respecta al proceso concreto de la fecundación, el aporte de un progenitor y otro no sería tan desproporcionado como tradicionalmente se ha venido creyendo. En este mismo ámbito, datos provenientes de investigaciones realizadas en los últimos años apuntan a que las hembras no son tan pasivas, tímidas y recatadas como históricamente se ha pretendido. Cada vez se dispone de más evidencias que atestiguan que muchas de ellas no sólo asumen un comportamiento activo a la hora de aparearse, sino que son notablemente más promiscuas de lo que se creía. Importantes especialistas sostienen ahora que un cierto grado de promiscuidad femenina parece ser la regla más que la excepción. Se trata de un comportamiento observado en animales tan diversos como primates, ballenas, roedores o abejas.

Aunque los resultados que sugieren novedosas perspectivas en la conducta sexual de machos y hembras se están multiplicando, todavía no han calado en la cultura popular ni en gran parte de la comunidad científica; ambas permanecen aferradas la teoría de la inversión parental diferencial y se empeñan en considerarla válida hasta para explicar los complejos comportamientos de las mujeres y los hombres.

A la luz de lo expuesto, cabe citar a Voltaire: «los progresos de la razón son lentos, profundas las raíces de los prejuicios».

 
   

 
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