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ENRIQUE MELÉNDEZ HEVIA, ESE CURANDERO
Francisco Javier Corzo Varillas

Han transcurrido ya 15 meses desde que el Dr. Enrique Meléndez anunciase, primero en un diario de Tenerife y posteriormente en diversas apariciones en prensa y emisoras de radio y televisión locales, sus descubrimientos sobre “la curación de enfermedades degenerativas”. Estos descubrimientos “que la humanidad había estado esperando más de tres mil años” son de una trascendencia tal que van a cambiar la vida humana. En los meses transcurridos desde ese espectacular anuncio deberían haber pasado muchas cosas, pero la verdad es que realmente no ha pasado casi nada.

Siguen sin ser públicos los “teoremas del metabolismo”, que supondrán el cambio de todo lo que sabemos o (según Meléndez, creemos saber) sobre la nutrición. Aparte de que se lograron “con papel y lápiz”, dato sin lugar a dudas de extrema relevancia, no conocemos nada más. Ni qué son exactamente, ni cual es su rango de aplicación, ni cómo se han deducido, ni en qué se basan, ni para qué sirven. Desde luego, el nombre es bonito y con garra: “Teoremas del metabolismo”. Casi nada. Tan esquivos como el monstruo del Lago Ness. Un Santo Grial de la Bioquímica, que ha sido ignorado por el resto de los bioquímicos del mundo mundial, tal vez porque en general usamos bolígrafo en lugar de lápiz, y que muchos esperamos ansiosamente nos sea revelado.

Eso sí, ya sabemos que es más adecuado comer “entre una vez a la semana como mínimo y una vez al día como máximo”, en vez comer varias veces al día. Hay que alimentarse así porque “los animales salvajes, como los leones, lo hacen”. Clarísimo. Y digo yo: ¿por qué fijarnos en los leones, y no en las anacondas, que también son animales salvajes? De este modo bastaría con comer una vez al mes. Saldría mas barato, aparte de suponer un ahorro de tiempo realmente impresionante. Claro que alguien habrá que piense que deberíamos fijarnos en los murciélagos. O, tal vez, en los chimpancés, que ¡vaya por Dios!, comen varias veces al día.

Claro que si el Dr. Meléndez no tiene en cuenta nuestro parentesco evolutivo a la hora de fijar la frecuencia óptima de nuestras comidas, sí resulta ser un ferviente evolucionista cuando afirma que los alimentos ricos en almidón –cereales, papas, legumbres- son malísimos porque “nuestras células no han evolucionado para su uso”. Con lo cual confunde la selección natural, la adaptación y las posibilidades metabólicas, todo en uno. Del mismo modo podría decir que no podemos vivir a más de 2000 m de altura, o conducir un vehículo a más de 25 km por hora, porque nuestro sistema nervioso no ha evolucionado para recibir información de nuestro entorno si circulamos a mayor velocidad. Como se entere Fernando Alonso, se va a llevar un disgusto.

Sigue sin decir cuales son los famosos factores 1 y 2. Lo cual resulta algo patético, porque el conseguir el análisis de esos “polvos” ha sido una especie de divertimento bioquímico durante varios meses. Conozco, al menos, tres grupos que los han analizado independientemente. Y todos han dado el mismo resultado: el factor 1 es glicina, y el 2 ácido aspártico, puros en ambos casos. El seguir guardando un secreto tan público es una de las encantadoras actitudes del Dr. Meléndez, no se sabe si resultante de su autismo hacia todo lo que no sea el reconocimiento de su genio.

Claro que, según él, su secretismo se debe a que “lo está patentando”. No dice en concreto en qué consiste la patente. Patente tan, tan secreta, que parece ser la ignoran incluso en el US Patent Office, que es donde Meléndez afirma que ha presentado sus solicitudes de patente. Es verdad que el que nadie haya sido capaz de encontrar dicha solicitud en las bases de datos oficiales del US Patent Office no significa necesariamente la inexistencia de la misma, pero la historia resulta un tanto extraña. Primero, por la indefinición de lo patentado, ya que el Dr. Meléndez jamás ha explicado de un modo claro y preciso en qué consiste dicha patente. Y, segundo, porque resulta difícil entender el que varias personas diferentes, buscando en repetidas ocasiones, no hayan encontrado nada que se parezca remotamente a las famosas patentes. Claro que a lo mejor, dada la vertiginosa actividad que caracteriza al Dr. Meléndez, se le ha pasado por alto el pequeño detalle de presentarla formalmente estando él personalmente convencido de haberlo hecho. Desde aquí le aconsejo vivamente que compruebe si efectivamente existe tal solicitud, no sea que dentro de un tiempo se dé cuenta de que le faltaba un pequeño formulario que rellenar, y tengamos que esperar otros dos años para poder enterarnos de lo que está haciendo.

Sabemos que, según el Dr. Meléndez “ya podemos curar la diabetes tipo II”. Notorio descubrimiento que, lamentablemente, ya figuraba en los libros de texto: la dieta y el ejercicio funcionan para esos casos. Y para decir eso no hacen falta teoremas del metabolismo de ningún tipo. Y sabemos que el draconiano régimen que propone, basado en sus originales principios sobre la alimentación humana, hace adelgazar al personal. Evidentemente, claro es que se adelgaza si no se come. Y la obesidad supone una serie de problemas que se corrigen con la pérdida de peso. Tampoco puede afirmarse que eso sea un descubrimiento impactante.

Además, tenemos becas. E incluso proyectos de investigación. Es verdad que el plazo de solicitud se ha prorrogado dos meses, no se dice qué presupuesto hay, ni quines forman el comité científico, ni de donde saldrá el dinero. Pero convocatorias, haberlas, haylas. Y subvencionadas por un denominado “Instituto del metabolismo celular” que, por fin, existe. Y escribo “por fin” porque durante bastantes meses los famosos botes de polvos llevaban una etiqueta con tal nombre, nombre que en ese momento no correspondía a ninguna entidad pública o privada. La habilidad del Dr. Meléndez para prescindir de las minucias legales e incluso lógicas, tales como que un nombre en una etiqueta debe corresponder a una entidad existente, empieza a ser legendaria. Es verdad que a lo largo de este año la sede social de dicho instituto ha cambiado varias veces de lugar, incluyendo en su momento un laboratorio de la Universidad de La Laguna donde no tenía nada que hacer. Ese instituto, ya he dicho, existe. Pero nadie sabe cuales son sus miembros (aparte de los dos Doctores Meléndez, padre e hijo).

Y ahora empieza lo realmente preocupante. En estos meses el Dr. Meléndez ha seguido actuando con total impunidad. Ha vendido kilos y kilos de un producto sin identificar a varios miles de personas (según el mismo afirma) sin que la sanidad pública, o las autoridades responsables del control alimentario tomen cartas en el asunto. Y, sería curioso saber, además, si ese movimiento de dinero ha contado con el conocimiento de la hacienda pública. Ha estado “tratando” a personas con diversos problemas médicos sin ser médico, con total irresponsabilidad. Dice que cuenta con la asesoría de varios médicos, pero lo cierto es que, si ahora cuenta con alguno, que no lo sé, hasta marzo del 2005 jamás dio nombre de ningún médico que colaborase con él o que controlase sus experimentos, tratamientos o lo que sea que esté haciendo. Basándose exclusivamente en sus ideas, desconocidas y por ello no valoradas por la comunidad científica, ha promovido peculiares regímenes de adelgazamiento fuera de lo aconsejado por especialistas en el tema. A pesar de sus afirmaciones sobre el 100% de éxitos, ha habido problemas entre sus “pacientes”, que en algún caso requirieron su ingreso hospitalario. Ha estado empleando su laboratorio en la universidad para recibir pacientes –y cobrarles-, a pesar de estar formalmente prohibido. Claro que para ello ha contando con el autismo del Excelentísimo y Magnífico Señor Rector de la Universidad de La Laguna, que ha hecho gala de una notable presbicia administrativa.

En resumen, ha hecho lo que le ha parecido, sin que en ningún momento las autoridades que tienen como misión velar por la salud de todos nosotros se hayan dignado investigar. El argumento para la no intervención es siempre “si no hay denuncia no podemos hacer nada”. Así que ya sabemos: a esperar que alguien tenga un problema grave, y lo denuncie.

La pregunta del millón es, evidentemente, ¿por qué se le permite actuar con tanta libertad? Y aquí viene lo peculiar del asunto. El Dr. Meléndez, muy democráticamente, trata a toda clase de personas. Pero ha mostrado desde el principio un notable interés en la clase política. Y, se dice, se cuenta, se rumorea, que algunos importantes políticos insulares y autonómicos, y familias de esos políticos, y amigos de la familia de los políticos, y ex políticos, y algún periodista, han perdido magras y tocinillos gracias al tratamiento adelgazante del mentado doctor. Sería mucho pedir a nuestra cultivada clase política que fuese consciente de que se encuentran ante un potencialmente peligroso curandero con estudios. Porque es un curandero, al que la sociedad tinerfeña bien puede aplicar la famosa frase de un alto responsable de EEUU sobre el general Noriega, cuando éste era el dictador de Panamá: “Meléndez será un curandero, pero es Nuestro curandero”. Claro que, cuando se sobrepasó, los propios norteamericanos acabaron tronando a Noriega. Esperemos que el asunto Meléndez no termine con desgracias personales, como pasó en Panamá.

Como nota final, diré que la afirmación de que el Dr. Enrique Meléndez es un curandero no es gratuita. El mismo me lo explicó hace unos meses, y de hecho afirmó que actuaba como curandero completamente a propósito, para evitar posibles problemas legales. De hecho, el no “receta”; se limita a “acosejar”. No “vende” el producto; pide “un donativo libre para la investigación”. En el exterior de los diversos locales que ocupa no hay ningún nombre, ni ninguna identificación, ni siquiera la del “Instituto del metabolismo celular”, por lo menos hasta principios de septiembre de este año. Ese es uno de los atractivos de “ir a Meléndez”: el aire semiclandestino de su operación.

(Francisco Javier Corzo Varillas es Profesor Titular de Bioquímica de la Universidad de La Laguna y Director del Departamento de Biología Molecular y Bioquímica de la citada institución académica).

 
   

 
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