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EL CUENTO DEL MANUSCRITO VOYNICH LLEGA AL FINAL
Pedro Alberto Gallardo

Un informático inglés propone una explicación para el enigmático libro, mientras la Revista "Año Cero" atribuye su autoría a Ramón Llull.

El manuscrito Voynich ha alcanzado celebridad mundial debido a que sus textos, trazados con bella e intrigante caligrafía, no han sido descifrados hasta la fecha. El libro, cuyas 234 páginas contienen grabados de plantas fantásticas, símbolos zodiacales y mujeres desnudas, fue propiedad del emperador Rodofo II en la Bohemia del siglo XVI, a quien se lo vendieron por 600 ducados de oro creyendo que era obra del filósofo medieval inglés Roger Bacon.

Fue en 1912 cuando Wilfrid Voynich, un anticuario norteamericano, adquirió el manuscrito en Italia e hizo circular copias de éste con la esperanza de encontrar un traductor. Un siglo después, continúa desafiando a los decodificadores. Ahora se encuentra en la Universidad de Yale.

Durante mucho tiempo se ha sostenido la posibilidad de que el texto esté codificado. Pero los criptógrafos, que han vencido a otros textos cifrados de esa misma época, no han conseguido "craquearlo" por más que se han esforzado durante los últimos 30 años,

Lógicamente cada vez cobra más fuerza la hipótesis de que el texto sea una broma, y que el libro sea un fraude en su totalidad. El principal argumento en contra del fraude es que, dada la compleja estructura de las palabras que aparecen en el libro, mantenerla con regularidad sería un fraude tan laborioso que sobrepasaría a cualquier impostor.

Sin embargo Gordon Rugg, ingeniero informático de la Universidad de Keele, Reino Unido, cree estar muy cerca de dar una explicación sobre cómo fue creado el texto. Según informa el semanario británico “The Economist” (13 de febrero de 2004) Rugg ha conseguido generar texto con igual apariencia al que contiene el libro, utilizando no precisamente tecnología digital avanzada del siglo XXI, sino métodos rudimentarios del siglo XVI.

Rugg intuyó que si el manuscrito Voynich es una estafa, entonces un posible sospechoso es Edward Kelley, un oscuro artista de la época isabelina. El ingeniero practicó una de las técnicas conocidas de Kelley, usando una cuadrícula de 40 filas y 39 columnas cuyas líneas le sirvieron de guías para dibujar las sílabas de Voynich. A continuación superpuso un cartón con cuatro ventanas cuadradas en diagonal sobre la cuadrícula, y comenzó a formar las palabras que resultaban de unir las sílabas que quedaban visibles a medida que él iba moviendo la plantilla agujereada. El resultado, que para algunos puede ser desolador, fueron palabras con los mismos patrones internos que las del libro. Rugg y su equipo trabajan ahora en un programa de ordenador que detecte todos los patrones existentes en el manuscrito y los reproduzca. Si su hallazgo se confirma, significará que inventar algo que parezca un lenguaje con regularidad en los patrones no es tan difícil, y esto ya no será un argumento válido para negar el fraude.

Tanto si el manuscrito resulta ser un fraude, como si al final es descifrado, en cualquier caso parece que tiene sus días contados como objeto de exposición en la vitrina de lo supuestamente paranormal. Quizá conscientes de que el tiempo se acaba, o quizá ignorantes de todo, los muchachos de la revista Año Cero se han lanzado a obtener una última cosecha del affaire Voynich en un reportaje de su edición de febrero de 2004.

La tesis central del reportaje es atribuir el manuscrito a Ramón Llull, que fue filósofo, novelista, alquimista, clérigo, mujeriego, viajero, comerciante e incluso predicador del cristianismo en el norte de África allá por el siglo XIV, tarea en la que al parecer perdió la vida. La autoría del mallorquín es unas veces propuesta como posibilidad, otras zanjada como prácticamente un hecho incontestable,. Como Leonardo o Newton, el mallorquín es uno de esos personajes especiales de la historia a los que, dado lo pintoresco y variado de su vida, es fácil recurrir para colocarles cualquier papel o rellenar cualquier hueco y que así cualquier teoría, incluso la más infundada, encaje.

Ahí van algunas perlas sobre el manuscrito de Voynich que se dejan caer en la revista mencionada, con la firma de Josep Guijarro:

-Se presenta una reseña de un libro en el que se afirma que el manuscrito contiene las claves de logros tecnológicos como la píldora anticonceptiva o el avión supersónico Concorde.

-Considerando que el prólogo del manuscrito, supuestamente obra de Bacon, alude a un original guardado “bajo las montañas que corren sobre la costa oeste de un lejano lugar, situado en el extremo sur del planeta” y, dado que algunas de las extrañas plantas dibujadas en las páginas parecen girasoles, y que éstos no fueron introducidos en Europa hasta después del descubrimiento de América, ¿a qué esperamos para deducir que en el siglo XIII los alquimistas ya conocían la existencia del Nuevo Mundo? Guijarro no deja pasar la oportunidad de sugerir tan “lógica” conclusión.

-Se cuenta la rocambolesca historia de un alemán que a principios del siglo XX aseguró haber recibido la clave para descifrarlo en un "código secreto que utilizaban los habitantes protohistóricos del extremos sur del planeta". Roidingercht -que ese era su nombre- contó que "el libro habla de una civilización desaparecida, cuyos integrantes eran seres de no más de un metro de altura y que dominaban la gravedad, que poseían máquinas para horadar la roca y construir grandes ciudades subterráneas que se intercomunicaban bajo tierra con el resto del planeta". Roidingercht "despareció misteriosamente".

-No falta, como es natural, la mención de rigor al supuesto interés de los servicios de inteligencia norteamericanos por el asunto. En todo misterio que se precie no debe faltar el ejército, el gobierno, la CIA o todos juntos.

Como se ve, no ha sido difícil tejer el popurrí y hacer del tema Voynich no un misterio, sino la madre de todos los misterios. Lamentablemente, por culpa de un maldito informático inglés, todos los libros o reportajes de tipo esotérico o paranormal dedicados a este célebre manuscrito pueden adquirir muy pronto el título de póstumos.

Antes o después el contenido del manuscrito será conocido por todos. Si no es un fraude, probablemente resultará ser un tratado común de interés modesto, y no la clave de la sabiduría universal ni un lenguaje trascendente para hablar con los ángeles. El mito de Voynich está condenado a sufrir el mismo destino que aquella civilización marciana constructora de pirámides, caras y canales, que se evaporó en los mustios desiertos rojizos en cuanto el hombre racional le puso la mano encima.

NOTA. Pedro Alberto Gallardo es licenciado en Ciencias de la Información y periodista. Actualmente trabaja como consultor en tecnologías de la información.

 
   

 
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