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OCCAM Y SU NAVAJA. LA BELLEZA DE LA SENCILLEZ
Ramón Núñez

OCCAM Y SU NAVAJA. LA BELLEZA DE LA SENCILLEZ
Por: Ramón Núñez.
Artículo enviado por: Juan Soler Enfedaque

La razón, exclusivamente humana

Guillermo de Occam sostuvo que del mismo modo que debía existir una separación entre el poder papal y el temporal, también debían disociarse fe y razón.
Guillermo de Occam promovió una nueva forma de entender la ciencia al proponer que la mejor hipótesis es la que hace uso de menos postulados

El también llamado Principio de parsimonia (en el sentido de moderación) o de economía, que es una de las herramientas más potentes y eficaces de la ciencia, fue difundido por Guillermo de Occam a comienzos del siglo XIV. Su enunciado habitual expresa (en latín) que "non sunt multiplicanda entia praeter necessitatem" aconsejando reducir al mínimo el número de motivos y objetos –en general, de entes- a los que tenemos que recurrir para justificar algo. También implica que en el conjunto de teorías ofrecidas para explicar un hecho hemos de preferir, en general, la más simple. Esta idea había sido expuesta ya por Durand de Saint-Pourcain, un dominico filósofo y teólogo fallecido en 1332, y también se encuentra enunciada en la obra del franciscano Duns Scoto (1266-1308), probable profesor de Occam.

Tijeras conceptuales para diseccionar el pensamiento

Pero fue Guillermo de Occam, el prototipo de filósofo libre en el siglo XIV, quien mencionó y utilizó continuamente esa "navaja" o "tijera" en sus disecciones del pensamiento, para eliminar lo que era considerado redundante o superfluo. En su obra encontramos la idea enunciada de varias formas, por ejemplo, cuando en los comentarios a las Sentencias de Pedro Lombardo (1095-1160), afirma: "Nunquam ponenda est pluralitas sine necessitate" (No debe suponerse una pluralidad sin motivo). También en la expresión "Frustra fit per plura quod potest fieri per pauciora" (Es vano hacer con mucho lo que puede hacerse con menos), o bien "Quando propositio verificatur pro
rebus, si duae res sufficiunt ad eius veritatem, superfluum est ponere tertiam", lo que quiere decir que cuando una afirmación puede ser verdadera por dos razones, y estas son suficientes, es superfluo suponer una tercera. (Y, digo yo: ¿habrá sido innecesario este tercer enunciado?).

El concepto de asociar sencillez con verdad no era nuevo en el siglo XIV. De hecho se encuentra ya en la Física del gran pensador Aristóteles, pero Occam lo utiliza, por ejemplo, para reinterpretar las ideas de causalidad del filósofo estagirita, afirmando que no se puede justificar una causa universal por simple acumulación de casos individuales.

La idea que conocemos por navaja de Occam continúa resultando útil para la ciencia en el análisis de las observaciones y en la presentación de los resultados. Por ejemplo, la utilizamos para medir la calidad de las teorías y se suele hacer mención a ella al recordar a un investigador que debe escoger la hipótesis más simple de las posibles.

El problema, en ocasiones, es definir qué es la sencillez

Pero la admiración de lo sencillo también tiene sus críticas. Se dice, por ejemplo, que aunque esa idea es fácilmente aceptada, resulta difícil hacer una definición operacional de lo que entendemos por sencillez, o decir cómo se mide ésta, y más aún el saber si existe una relación entre lo que consideramos sencillo y la bondad, la probabilidad, la utilidad o -quizás, sobre todo- la verdad. Se suele atribuir, entre otros, al físico Wolfgang Pauli una frase, nacida de jornadas de infructuoso trabajo buscando la Gran Unificación, que puede resumir de manera algo cínica todas las objeciones a Guillermo de Occam: "lo que Dios ha separado, que no lo una el hombre."

En cualquier caso, la navaja de Occam es una herramienta, y como tal se ha demostrado útil para la ciencia; no es un concepto del mundo, y por tanto no es necesario suponer que el cosmos es sencillo, aunque a la hora de razonar lo prefiramos así antes que pensar que es complejo.

Como ejemplo de aplicaciones de la navaja de Occam en la historia de la ciencia suelen citarse las victorias de la sencilla teoría de Nicolás Copérnico (1473-1543) sobre las complicadas trayectorias de los planetas requeridas por el modelo geocéntrico, o de la síntesis de Newton, capaz de explicar con las mismas leyes los movimientos en la tierra y en los cielos.

Frente a la fe, propuso una teoría crítica y escéptica

Guillermo de Occam abrió un camino, llamémosle "moderno", al conocimiento, en contraposición a las "antiguas" vías del benedictino Tomás de Aquino (1225-1274) y Duns Scoto. Nos ofreció, en general, una filosofía crítica y escéptica ("no se llega a la certeza con la razón, sino con la fe") que,
revisando a Aristóteles y en contra de ciertas doctrinas oficiales, justificaba un positivismo lógico, una ciencia nueva que se basaba no en lo que las cosas "son" sino en lo que conocemos y sabemos de ellas, y un método.

El nombre de la rosa

La novela de Umberto Eco describe perfectamente este ambiente religioso, político y filosófico de Europa a principios del siglo XIV. La investigación del religioso Guillermo de Baskerville (Sean Connery) transcurre en 1327, cuando Guillermo de Occam estaba encarcelado en Aviñón.

Al finalizar el capítulo de "Vísperas" del primer día, Guillermo le confiesa a Adso su convencimiento de que, más que ser víctima de un horrible crimen, Adelmo se suicidó, justificando su conclusión al reafirmar que es "menos oneroso para nuestra mente pensar que Adelmo (...) se arrojó sponte sua por el parapeto de la muralla (...)". Cuando Adso pregunta por qué aquella solución es menos "onerosa", Guillermo le dice: "no conviene multiplicar las explicaciones y las causas mientras no haya estricta necesidad".

Occam había usado su "navaja" para poner en clara duda -por innecesario- el concepto de causa eficiente, pues no implicaba, según él, nada más que una regularidad. Baskerville adopta este punto de vista en la novela, hacia el final de la hora "Nona" del tercer día donde tras citar a "mi amigo
Guillermo de Occam" plantea que "si sólo es correcta la intuición de lo individual, entonces será difícil demostrar que el mismo tipo de causas tienen el mismo tipo de efectos", y más adelante completa la idea nominalista: "no hablo de cosas, sino de proposiciones sobre las cosas. En verdad, la ciencia se ocupa de las proposiciones y de sus términos, y los términos indican cosas iguales. (...) Tengo que creer que mi proposición funciona porque así me lo ha demostrado la experiencia, pero para creerlo tendría que suponer la existencia de unas leyes universales de las que, sin embargo, no puedo hablar, porque ya la idea de (...) un orden dado de las cosas, entrañaría el sometimiento de Dios a las mismas, pero Dios (...), si lo quisiese, con un solo acto de su voluntad podría hacer que el mundo fuese distinto".

El doctor invencible, un iniciador venerable

William Ockham (Guillermo de Occam) nació hacia el 1285 en Ockham, al sur de Londres. Poco sabemos sobre su infancia, pero parece que era muy joven cuando ingresó en el convento londinense de la Orden Franciscana. Sus primeros estudios se centraron en la Lógica, tras lo cual fue ordenado
subdiácono en el 1306, y en 1310 comenzó, en Oxford, los habituales de Teología, siendo según se cree discípulo de Duns Scoto.

Entre el 1317 y 1319 dio clases -en Oxford y también en París- sobre las Sentencias de Pedro Lombardo (s. XII), que eran el texto oficial de Teología en todas las universidades y sus comentarios provocaron la crítica de varios teólogos de Oxford. Ello motivó que dejara la universidad sin el título de Teología, siendo calificado de "inceptor" (principiante) en la terminología usada en aquella universidad. Continuó sus estudios en conventos.

Sus obras más destacadas, como la Logica maior o la Ordinatio (Comentarios a los IV libros de Sentencias de Pedro Lombardo) son anteriores a 1324, y de ese año data su principal obra en la Física: Quaestiones in octo libros physicorum.

Al ser denunciado por haber cometido "56 errores" según John Lutterell, ex rector de Oxford, en 1324 el papa Juan XXII le llamó de Inglaterra a Aviñón; allí se abrió un proceso contra él y permaneció retenido en el convento hasta que se escapó la noche del 26 de mayo de 1328, siendo excomulgado a los 10 días de su fuga. No fue la acusación de Lutterell lo que provocó esa excomunión, sino su postura sobre el grado de pobreza que debían practicar los religiosos, enconado tema de debate por entonces en la Orden Franciscana y en toda la Iglesia.

Su situación se complicó aún más al unirse a los franciscanos "espirituales" y tomó partido por el emperador Luis IV de Baviera en el enfrentamiento entre éste, que ya había sido excomulgado en 1324, y el Papa, a quien Occam llegó a tratar de herético y antipapa, tras estudiar ciertas afirmaciones suyas en bulas sobre la pobreza. A partir de 1329 vivió en el convento franciscano de Múnich, ciudad-corte del emperador.

La muerte de Juan XXII en 1334 no significó su reconciliación con la Iglesia. En Múnich ya no escribió obras de Filosofía, sino que dirigió su atención a cuestiones de Lógica, Política, Teología práctica y divulgación, además de las imprescindibles diatribas con los Papas sucesivos, a quienes
acusó con implacable rigor teológico, pero sin caer en el insulto personal.

Durante tiempo se creyó que Occam había fallecido en la epidemia de la peste negra en 1349, mientras que otras fuentes señalaban 1347. Hoy, aunque se da por segura la fecha del 10 de abril, no se sabe el año. Fue en 1349 o 1350 cuando expiró el que fue calificado en su tiempo como Venerabilis inceptor y Doctor invincibilis.

[Nota] *El presente artículo de Ramón Núñez apareció publicado en la Revista Muy Interesante de diciembre del 2002.

 
   

 
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