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Astrología
 


EL NUEVO SISTEMA SOLAR

El pasado lunes se estrelló contra la superficie de 433 Eros una nave norteamericana, la NEAR Shoemaker. Era su último trabajo de reconocimiento de este pequeño planeta del sistema solar, después de orbitar en torno a él obteniendo imágenes y datos de su estructura durante casi un año completo (llegó en el día de San Valentín anterior, hace hoy justo un año, una fecha que se debía más a razones propagandísticas que a necesidades de una compleja misión que había recorrido varios cientos de millones de Km. por el espacio interplanetario).

433 Eros es un asteroide, uno de las decenas de miles de cuerpos rocosos de pequeño tamaño que existen en nuestro sistema, compuesto de una estrella, el Sol, una decena de planetas, varias decenas de lunas, y quizá decenas de millones de cometas, aparte de polvo y gas que está entre los demás cuerpos, un viento de partículas que fluye continuamente desde el Sol y complejas estructuras magnéticas capaces de alterar sus recorridos. Es el nuevo sistema solar, una realidad que vamos conociendo mejor gracias a la observación astronómica continuada y a numerosas misiones espaciales. Y que a veces nos hacen replantear el esquema sencillo que aprendimos en la escuela, ese dibujo con el Sol en el centro y unas órbitas más o menos oblongas por las que deambulaban los planetas. Realmente, esa visión ha quedado casi tan obsoleta como la previa a la revolución copernicana, con la Tierra como centro de todas las cosas.

Para empezar, la distribución de materia es terriblemente desproporcionada: el 99% de la masa de nuestra casa en el espacio está en el Sol, una estrella de millón y medio de kilómetros de diámetro que dista mucho de ser ese disco luminoso que vemos aparecer cada día sobre el este. El Sol está en continuo movimiento, debido a la interacción del gas de que se compone (principalmente Hidrógeno y Helio) con la energía que se genera en su núcleo. En el centro del Sol, la temperatura alcanza unos 15 millones de grados, con presiones descomunales, una situación en la que los protones (los núcleos de Hidrógeno) efectúan reacciones nucleares generando núcleos de Helio. Y produciendo muchísima energía, que se emplea principalmente en mantener la estructura de la estrella. Porque la gravedad, la fuerza fundamental que conforma el Universo, tiende a juntar todo en el mínimo volumen, y sólo la energía interna del gas, su tendencia a expandirse, permite mantener esa enorme estructura sin que colapse. Parte de la energía escapa poco a poco del interior hacia las capas más exteriores de nuestra estrella, donde la temperatura es sensiblemente menor (unos seis mil grados) y la densidad más pequeña, de manera que el calor interior es capaz de desplazar el gas en corrientes convectivas similares al movimiento del agua en una cazuela que está al fuego. En la atmósfera solar, la llamada fotosfera, es decir, lo que observamos como “disco solar”, la energía escapa en forma de luz visible. La fotosfera tampoco es uniforme: los campos magnéticos del Sol, que cambian con un periodo de 11 años, producen diferentes estructuras como las manchas solares, zonas activas en las que la convección no funciona y la temperatura es unos mil grados inferior.

Pero por encima de la fotosfera sigue existiendo gas: la cromosfera, la región de transición y la corona solares son capas superiores, donde la temperatura llega (como en la corona) a alcanzar millones de grados. Son los complejos procesos de interacción de los campos magnéticos y el plasma (el gas ionizado) los que producen esas temperaturas, y los que provocan que sobre las regiones activas, especialmente en las épocas de máximo de actividad –ahora estamos acabando una de ellas- se produzcan turbulencias y protuberancias, eyecciones de materia a gran velocidad que llegan hasta nuestro planeta provocando tormentas en radio y auroras polares.

El resto del sistema solar se formó cuando nuestra estrella estaba comenzando sus reacciones termonucleares en el centro, hace unos 5.000 millones de años, a partir de materia que quedó rotando en forma de un disco protoplanetario alrededor del núcleo central. Los procesos de interacción entre el gas y el polvo, y el cemento que supone la atracción gravitatoria fueron provocando que esa nube colapsara en fragmentos fríos, con hielo, roca y polvo, que fueron chocando, unos fundiéndose con otros, en otros casos rompiéndose por la violencia del choque en un proceso que acabó en unos 500 millones de años con la estructura que conocemos.

Casi toda la masa se acumuló en un solo cuerpo, Júpiter (que tiene más masa que el resto de los planetas juntos). Júpiter, sin embargo, no llegó a tener materia suficiente para llegar a ser una estrella pequeña, una enana marrón. Los astrofísicos establecen ese límite en las 13 veces la masa de Júpiter, aunque recientes observaciones de nubes de formación estelar en Orión hacen replantear ese límite un tanto arbitrario.

Otros tres planetas, Saturno, Urano y Neptuno, tienen masas elevadas también, lo que les proporcionó, como a Júpiter, una gravedad suficiente como para mantener los elementos más volátiles: el Hidrógeno y el Helio. Aunque se les suele llamar “planetas gaseosos”, en el interior de estos monstruos planetarios la presión convierte el gas en un fluido de características metálicas. En torno a ellos, materia captada por la gravedad fue agrupándose en forma de lunas, algunas lo suficientemente grandes como para que la gravedad les diera forma esférica, otras más pequeñas que mantuvieron formas variadas, como las patatas... Y otra materia que quedó orbitando en forma de anillos de hielo, polvo y roca pastoreados por pequeñas lunas que mantienen las fueras de gravedad y de marea en equilibrio.

La misma formación de Júpiter aseguró una zona de equilibrio inestable hacia el interior del sistema solar, donde hay decenas de miles de asteroides formando un cinturón. Estos pequeños planetas, sin embargo, no sólo están ahí, sino que abundan por todo el sistema. Como los llamados NEOs (Objetos Cercanos a la Tierra), en órbitas que a veces les hace acercarse a nuestro planeta. O los objetos de Kuiper, más allá de Neptuno. O incluso los millones de cometas que esperan a gran distancia del Sol, en la llamada Nube de Oort, donde fueron a parar numerosos objetos que durante el proceso de formación de los planetas escaparon de las zonas centrales del sistema solar. De allí, de vez en cuando, caen hacia el centro apareciéndonos en el cielo como los de años pasados: el Hyakutake o el Hale-Bopp.

Y Plutón... en el límite

El año pasado la Unión Astronómica Internacional intentó darle al último planeta descubierto, Plutón, el honor de ser también el asteroide 10.000. Con ello se intentaba reconocer que este pequeño planeta más allá de Neptuno pertenece morfológicamente a un tipo de cuerpos del sistema solar rocosos y helados que constituyen el llamado Cinturón de Kuiper. Pero esto parecía como si a Plutón se le fuera a “bajar de división”, con lo que hubo un fuerte debate entre los astrónomos, no exento de tintes nacionalistas, porque el descubrimiento de Plutón por Clyde Tombaugh en 1930 se sigue considerando como una hazaña norteamericana. Finalmente, todo quedó como estaba: Plutón es un planeta (y Caronte, descubierta en 1975 y casi tan grande como él sin embargo se queda como su luna), y punto.

Una vez más es una cuestión casi semántica. En la nueva visión del sistema solar esas categorizaciones son menos importantes que la comprensión del origen y de los procesos que han ido conformando lo que hoy observamos. Y, de paso, comenzar a entrever cómo será el futuro...

[Nota] *Javier Armentia es astrofísico y divulgador científico. Director del Planetario de Pamplona, en la actualidad desempeña el cargo de presidente de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico http://www.arp-sapc.org/

 
   

 
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