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SIR FRED HOYLE (1915-2001): EL ASTRÓNOMO DESCONTENTO
Javier Armentia
SIR FRED HOYLE (1915-2001): EL ASTRÓNOMO DESCONTENTO
Por: Javier Armentia
En 1993, la revista de divulgación sobre astronomía Sky & Telescope promovió un concurso entre sus lectores para dar un nuevo nombre a la teoría cosmológica actualmente aceptada, que es conocida desde los años 40 como “BIG BANG”, es decir, “la Gran Explosión”. Entre otras razones, decían los promotores del cambio, la teoría no postula una explosión tal y como se entiende esa palabra en el lenguaje cotidiano. Además en el argot juvenil estadounidense, “Big Bang” tiene más connotaciones sexuales de lo que parece oportuno para un término que se explica en las clases de bachillerato (algo así como “polvazo”). Para colmo, este nombre venía de uno de los principales detractores del modelo, quien lo había usado en tono sarcástico.
El hombre que nombró al Big Bang acaba de morir, a los 86 años de edad. Se llamaba Fred Hoyle, Sir Fred Hoyle, británico y uno de los principales astrofísicos del siglo XX, no sólo por ese bautizo, sino por sus muchos méritos y, curiosamente, también por sus deméritos, algo que puede resultar curioso para el profano en el mundo de la ciencia. Lo que era casi obvio es que la iniciativa de cambiarle el nombre a la teoría cosmológica no cuajó: un año después, Sky & Telescope declaraba desierto el premio, porque, reconocían, la popularidad del término “gran explosión”, el éxito que había tenido la broma de Fred Hoyle, hacía inviable cambio alguno.
Lo cierto es que Hoyle fue uno de los grandes críticos del modelo cosmológico aceptado, un conjunto de teorías que parten de la relatividad general y la física cuántica para dar una visión de conjunto al origen y la evolución del Universo. En los primeros años tras la II Guerra Mundial, los físicos desarrollaron las ecuaciones de la teoría de la gravitación de Einstein, generando modelos que pudieran explicar cómo era el Universo en conjunto. Las soluciones matemáticas explicaban la expansión del Universo, un fenómeno que había sido comprobado en los años 20 por astrónomos como Humason y Hubble. Y, cabía imaginarse, si todo se expandía, era porque antes había sido muy denso (y muy caliente) y en un momento inicial había comenzado a crecer. La teoría de Gamow y otros cosmólogos era sorprendente: ponía un origen determinado en el tiempo para el Universo. Y esto chocaba con una idea bien extendida en la física de que el Universo tenía que ser eterno. Fred Hoyle, que aparte de ser un gran investigador era un no menos grande divulgador científico, acuñó el término “big bang” para referirse a esta teoría, descartándola por impropia, en una serie de charlas por la radio británica.
Hoyle creía que el Universo era eterno y que, por lo tanto, el Big Bang venía de malinterpretar los datos. Frente a este modelo, el astrónomo apoyaba un modelo eterno, en el que la expansión se justificaba con una especie de creación continua y limitada de átomos de hidrógeno. La teoría desarrollada por Gold y Bondi, junto a Hoyle, tuvo cierto éxito en los años 50, y fue conocida como “el estado estacionario”. El debate entre ambos modelos tuvo mucho de científico, y de hecho el descartar finalmente al estado estacionario se debió a la acumulación de pruebas observacionales que iba teniendo el Big Bang; pero también era ideológico. Se suele contar la anécdota de que el primer congreso sobre el Big Bang lo patrocinó el Vaticano, frente al primer congreso sobre el estado estacionario que se hizo bajo los auspicios del Kremlin soviético. En la actualidad, sin embargo, y aun reconociendo que el modelo cosmológico del Big Bang sigue dando algún que otro problema para poder explicar lo que observamos del Universo, se reconoce como el estándar sobre el que se trabaja, mientras que la teoría que fue rival hace medio siglo ha quedado como curiosidad histórica. Sin embargo, Hoyle mantuvo su adhesión a un Universo eterno hasta su muerte, aunque admitiendo periodos de expansión y periodos de contracción en su desarrollo.
La labor de “Pepito Grillo” de Fred Hoyle fue, en cualquier caso, un importante acicate para que los cosmólogos refinaran su teoría. Su nombre era uno de los más citados, aunque solo fuera para criticarle. Y lo cierto es que, a menudo, sus incisivos comentarios eran capaces de promover nuevas investigaciones. Un ejemplo de esto (no el único, porque entre los 50 y los 70 pocos campos de interés dejaron de ser tocados por este activo hombre de ciencia) lo constituye una de las principales aportaciones de Hoyle a la astrofísica, el establecimiento de lo que se llama nucleosíntesis estelar. Gran parte de las especies atómicas que existen en el Universo, casi todos los átomos que no sean Hidrógeno y Helio, pues éstos se formaron principalmente durante los primeros minutos del Universo, se forman en el núcleo de las estrellas. Las condiciones de temperatura y presión existentes en el centro de una estrella permiten la fusión nuclear. Todos los elementos, hasta el hierro (es decir, entre otros el carbono, el nitrógeno o el oxígeno tan necesarios para la vida) se forman en sucesivas reacciones nucleares en el interior estelar. Para hacer los elementos de mayor peso que el hierro, se requieren explosiones gigantescas de estrellas, las supernovas. La teoría que explicó todo esto fue desarrollada inicialmente por Hoyle, y establecida con otros tres científicos: su alumno Fowler (quien recibió el Premio Nobel entre otras cosas por ello) y el matrimonio Burbidge.
Tenía fama de carácter agrio, aunque posiblemente era la terquedad con que mantenía sus opiniones la que creara ese mito: sus alumnos a lo largo de muchos años de docencia y de responsabilidad como investigador jefe en numerosos proyectos suelen hacer notar su gran valía humana. Pero siempre fue díscolo: entre el 66 y el 72 dirigió el Instituto de Astronomía Teórica de Cambridge, de donde salió dando un portazo por diferencia de criterios con otros astrónomos. Quizá esa ruptura fue la que propició el despertar de lo que Hoyle creyó una nueva ciencia: la Panspermia, es decir, la idea de que la vida no es original de la Tierra, sino un fenómeno común en el Universo que fue “plantada” en nuestro planeta.
Hoyle, en la Universidad de Cardiff, con su colega –primero alumno- Chandra Wickramasinghe, fue desarrollando esta teoría que, a pesar de sus esfuerzos, no ha conseguido ser aceptada, sino que está encasillada dentro de las “heterodoxias” del mundo de la ciencia que se miran con cierta compasión por ser un trabajo honrado de científicos que, por mucho convencimiento que tienen, no logran probar sus teorías. A lo largo de los años, sus propuestas han ido siendo cada vez más exóticas: que las epidemias de gripe vienen montadas en cometas como el Halley, que la evolución humana que proponer el darvinismo no funciona (frente a la abrumadora evidencia en contra) o, más recientemente, que la encefalopatía espongiforme bovina se debía a microogranismos que caen sobre la Tierra los meses de invierno.
Aunque obcecado en estas teorías, Hoyle no dejó de ser un gran divulgador y docente, amante de las discusiones y prolífico escritor de ficción, en concreto de ciencia-ficción. Sus investigaciones sobre el origen del sistema solar, la formación de las galaxias, la estructura del universo o los cuásares quedan como prueba de su gran talla científica.
El Boeing 747 y el Archaeopteryx
En su libro “Matemáticas de la Evolución”, publicado a finales de los 80, Hoyle describía la imposibilidad de que el ADN se formara de manera casual. Decía: “tengamos en un desguace las piezas necesarias para construir un Boeing 747, desmontadas y desordenadas. Entonces llega un tornado y atraviesa la zona. ¿Cuál es la posibilidad de que después nos encontráramos allí el avión completamente montado y listo para volar?”. La probabilidad de este suceso, según Hoyle, era la misma –o incluso menor- de la que el ADN se formara de manera casual. La imagen resultaba tan llamativa que desde entonces ha sido utilizada constantemente por los críticos de la evolución. Sin embargo, no tiene mucho sentido: el ADN no se formó desde cero, sino a través de procesos intermedios. Por otro lado, calcular las probabilidades de un hecho, tras haber sucedido éste, es una falacia: continuamente asistimos a hechos improbables, que suceden por azar.
Este es un ejemplo de las críticas de Hoyle a la evolución. Uno de los razonables, al menos, porque en 1986 se embarcó en una extraña cruzada pretendiendo que los fósiles existentes del dinosaurio volante Archaeopteryx no eran sino una falsificación destinada a favorecer al darvinismo. Resulta curioso este obcecado ataque, en el que malinterpretaba datos, acusaba de fraude a científicos desaparecidos o, simplemente, metía la pata hasta el fondo (hasta el punto de afirmar que los fósiles eran falsificaciones de cemento). ¿Un síntoma de vejez?
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