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Curanderos
 


EN MANOS DE CURANDEROS
José María Romera
URL: El Correo http://www.elcorreodigital.com/

Las mismas personas que exigen garantías para cualquier asunto banal se dejan seducir por vendedores de promesas muchas veces imposibles cuando se trata de su salud

Millones de personas en el mundo confían su salud a curanderos, naturistas, sanadores y médicos alternativos de todas clases. Pese a los espectaculares avances de la medicina científica y al incremento de los recursos asistenciales en los últimos años, está creciendo el número de enfermos que buscan remedio a sus males fuera del sistema llamado oficial . Los mismos individuos que exigen garantías plenas a la hora de adquirir un automóvil o de consumir alimentos filtrados por rigurosos controles sanitarios, se dejan seducir por la llamada incierta de unos vendedores de promesas muchas veces imposibles, sin otra garantía que la credulidad del enfermo.

No todos los practicantes de estas variadas formas de tratamiento son embaucadores sin escrúpulos. La existencia de tradiciones curativas milenarias contrastadas en diferentes culturas, el conocimiento empírico de terapias caseras o naturales y la apertura de los estudios de la salud a procedimientos antes tenidos por heterodoxos permiten suponer que algo hay de cierto en determinadas técnicas de diagnóstico y cura alternativas. De otra parte, también el sistema médico oficial provoca en muchos pacientes rechazos justificados: un trato deshumanizado en las consultas, largas listas de espera en los hospitales y errores médicos ocasionales pero a veces tremebundos son algunos de los motivos de recelo hacia una medicina distante del enfermo, contra la que éste se rebela buscando otras vías. Bien lo saben los comerciantes de la salud, quienes no suelen tener empacho en desacreditar a los especialistas tildándolos de engreídos y burócratas, como si con ello bastara para suplantarlos con la receta de una pócima inverosímil.

Ignorancia y algo más

Suele decirse que el éxito de estas medicinas alternativas se sostiene en la ignorancia de los enfermos. No es tan cierto. Si bien entre la clientela de curanderos y sanadores predominan personas de bajo nivel cultural, crédulas y presas fáciles de la charlatanería, no son pocos los hombres y mujeres instruidos que se ponen en sus manos. El hecho de que la mayoría lo haga «por probar» o buscando un atajo en el tratamiento impuesto por su médico no cambia mucho las cosas. También ellos creen. También ellos sostienen este gigantesco negocio que mueve miles de millones y, lo que viene a ser peor, mantiene viva la llama del pensamiento irracional en nuestras sociedades.

¿Qué hay, pues, en el ser humano que le hace picar en esta clase de anzuelos? Los esfuerzos de la ciencia por erradicar prácticas perniciosas, o cuando menos inservibles, resultan vanos; sus argumentos, por aplastantes que sean casi siempre, apenas sí logran acabar con algún que otro timador, pero no tarda mucho en aparecer otro que ocupe su lugar y se haga con su parroquia. La pseudomedicina se mantiene próspera porque ejerce un hechizo particular sobre las personas; por consiguiente, quizá haya que dejar de gastar energías en el ataque a los embaucadores para ocuparlas en prevenir a los embaucados enseñándoles a reconocer los impulsos que les llevan a este camino.

Hipocondríacos

La hipocondría, es decir, el temor a estar enfermos, hace que muchas personas no acepten diagnósticos tranquilizadores cuando perciben algún síntoma preocupante. Una buena parte de los estados de malestar o postración física tiene origen psicosomático; el 80% de las enfermedades más comunes se cura sin tratamiento. Pero el aprensivo necesita ser tratado, recibir la bendición del médico en forma de un medicamento o de una exploración suplementaria. Al no ver satisfecha su demanda, acude a la consulta del sanador, de donde sale cargado de bolsas de hierbas o frasquitos de agua milagrosa que prueban la existencia de un mal. «¿Veis cómo es verdad que tenía algo?», dicen aliviados a los suyos. A partir de ahí, causa y efecto se confunden: lo que habría sido una curación espontánea es visto por ellos como consecuencia del tratamiento recibido.

En el lado opuesto -pero complementario- se sitúan los enfermos graves que se resisten a admitir un diagnóstico demoledor o la evidencia de una curación imposible. Es en estos casos donde el curandero despliega lo mejor de sus artes. El viejo adagio de «primum non nocere» (lo primero, no hacer daño) actúa aquí de forma sibilina. Se empieza por hacer creer al enfermo que su dolencia no es tal o tiene otro origen. En situaciones de desesperación, la capacidad de autoengaño del ser humano es infinita. Instintivamente, el enfermo se coloca del lado de quien le muestra una realidad más soportable mientras engendra cierta forma de resentimiento hacia el médico que le dice la descarnada verdad. El efecto placebo de unas palabras de esperanza hace que, por algún tiempo, experimente una sensación subjetiva de mejoría que refuerza su convicción. Sólo cuando se produce un agravamiento súbito vuelve a acudir al médico oficial , quien con frecuencia ya no puede hacer otra cosa que certificar su fallecimiento. Buena parte del éxito de las pseudomedicinas se debe justamente a que quienes dispondrían de pruebas terminantes de la estafa no pueden aportarlas por la sencilla razón de que ya no están vivos.

Decir lo que se quiere oír

Pero hay que reconocer a los sanadores heterodoxos una virtud, acaso la misma que poseían los brujos de tribus primitivas. Mientras la medicina solvente actúa según sus propias reglas y no atendiendo a los deseos, prejuicios, temores o percepciones subjetivas del paciente, la medicina alternativa juega con la complicidad del enfermo real o supuesto. Le dice lo que él quiere oír y en palabras que él puede comprender. Estas palabras -no exentas de elementos de argot simplificador: energía vital , campos magnéticos , depuración , etcétera- apelan a una visión de la realidad simplificadora y precientífica, cuando no milagrera. Su efecto tiene una doble dirección: de un lado, presenta al curandero como un ser asequible, comprensivo, verdaderamente interesado por la persona que se entrega a él; de otro, pone en movimiento resortes internos del enfermo -la confianza, la voluntad de curación, la autopersuasión, la actitud optimista- nada desdeñables a la hora de poner algo de su parte en la curación.

Bien mirado, las falsas medicinas producen un efecto social nada despreciable. Sirven para arruinar a los tontos. Pero también descongestionan las listas de espera de la Seguridad Social, calman a los más aprensivos y conservan el patrimonio cultural de las supersticiones.

 
   

 
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