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Escepticismo
 


LA LEYENDA HIDROFÓBICA DEL PULPO A LA GALLEGA (divagaciones sobre el
Gerardo García-Trío San Martín
URL: URL: http://bajoelvolcan.blogalia.com


Si alguna noche un conocido amable se interesa por mis aficiones y se le
ocurre preguntarme qué es eso de ser escéptico, suelo comenzar
describiéndole el escepticismo organizado como una variante de la
divulgación científica especializada en el análisis racional de la
pseudociencia. A continuación sigo matizando, a petición propia, que no sólo
se centra esta actividad en la refutación de los supuestos fenómenos
paranormales (por lo que los escépticos son famosos debido a las ruidosas
quejas desde el mundillo del misterio y lo esotérico); sino también en
erradicar supersticiones nocivas, informar de la falsedad de las
pseudomedicinas, erradicar temores infundados hacia las nuevas tecnologías,
combatir la intromisión de la religión en cuestiones científicas. todo lo
que suponga un ataque a la cultura científica y la extensión del pensamiento
mágico o irracional.

Normalmente, a estas alturas de mi exposición, la expresión de interés
inicial de mi interlocutor (o mi interlocutora) ha desaparecido, por lo que
no es habitual que tenga oportunidad de señalar la otra diferencia del
escepticismo con la divulgación normal: el escéptico intenta ir más allá de
la mera exposición didáctica de material científico, pretende fomentar el
empleo del sentido crítico. ¿Y qué es el sentido crítico? Yo lo defino como
la costumbre mental de usar los propios conocimientos y lógica para
determinar la calidad de las informaciones que recibimos. Dicho de manera
menos rebuscada: se trata de tener juicio propio.

Recuerdo un caso de mi infancia que es una muestra sencilla de aplicación
del sentido crítico. Nuestra familia acudía todos los años a las fiestas de
San Froilán, en Lugo, donde aprovechábamos para encontrarnos con parientes y
amigos. Siguiendo una de las tradiciones de la celebración, comíamos con
ellos pulpo a la gallega en los tenderetes que se instalan durante esos días
(no hay "polbo á feira" como el que hacen las pulperas del San Froilán). Los
niños teníamos que aguantar siempre la imposición, por parte de algunos
adultos, de no beber agua en las comidas. Decían -y supongo que siguen
diciendo- que el agua provoca que el pulpo se hinche en el estómago,
causando dolores, flatulencia y otros males. "¡No, no! ¡Cómo vas a beber
agua! ¿No quieres naranjada? Pues toma, bebe leche." Mi hermana y yo, por lo
bajo, comentábamos el poco sentido que tenía aquello: "Si el pulpo se hierve
en agua y no se infla, ¿por qué lo va a hacer en la barriga? Y además, yo
creo que la leche también tiene agua. Es cierto, claro que tiene agua: es lo
que se le añade a la leche en polvo. Y los refrescos, igual, que llevan agua
con gas." Entonces me daba cuenta, decepcionado una vez más, de que mis
mayores no eran infalibles. Con todo, y como era un chaval bastante tímido y
a veces hasta educado, me callaba mis opiniones y comía con leche como
bebida, lo que no me gustaba nada. A mi hermana le daba más igual porque
ella escogía encantada una Mirinda, que de aquella aún no estaba extinguida.
Cuando fui a Lugo ya más mayorcito, recuerdo que planté cara a la tiranía
con la agravante imperdonable de incitar con mi ejemplo a la rebelión de
otros niños allí presentes: "¡Si ya lo hice en casa y no pasa nada! Hacemos
el experimento: déjame comer con agua y verás como no me pongo malo."
Evidentemente, no me puse malo. Esta costumbre mía de no obedecer
supersticiones ridículas me ha ganado más de una antipatía.

Existen varios prejuicios sobre el sentido crítico. Uno consiste en creer
que es una consecuencia de la educación científica; aunque no es exclusivo
de la misma ni todo estudiante de ciencias lo adquiere (entre otras cosas
porque los métodos educativos no se dirigen a que el alumno aprenda a pensar
por sí mismo). Otro se basa en creer equivocadamente que el sentido crítico
no puede desarrollarse. Todos lo usamos a diario en muchas facetas de la
vida (que levante la mano quien aún confíe en las promesas electorales);
pero dejamos de aplicarlo con la misma facilidad. Ampliarlo a otros ámbitos
y convertirlo en una rutina mental requiere sólo algo de disciplina y los
beneficios para la persona son muchos: conlleva alguna desilusión
replantearse las creencias, pero estaremos más seguros de parte de nuestros
conocimientos y, sobre todo, será más difícil engañarnos. Un tercer
prejuicio es la absurda convicción de que es un tema apasionante para tratar
en una fiesta.

En cuanto a la leyenda del pulpo hidrópico, en casa tenemos una teoría para
explicar su origen. Antes de que hubiera transportes refrigerados, el pulpo
sólo se comía fresco en el litoral; en las zonas interiores, como Lugo y
Orense, se vendía seco. Mis padres me cuentan que antes se veían tendales de
pulpos en los puestos de las ferias. Suponen que, al verlos hidratarse e
hincharse durante la preparación, alguno imaginó -quizá más partidario del
vino- que el proceso debía de continuar en el estómago. Algo de lógica sí
que tiene.



 
   

 
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