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Leyendas Urbanas
 


AUGE Y CAÍDA DEL RELATO DE LA CUERDA INDIA
Joseba Andoni Aguirregoikoa

Corría 1890, cuando el Chicago Tribune publicó un reportaje sobre la India donde se describía una escena particularmente exótica: un fakir lograba que una cuerda quedara repentinamente rígida en posición vertical, un niño trepaba por ella y desaparecía una vez llegado a lo alto. El fakir, armado con una espada, escalaba la cuerda tras el niño y desaparecía igualmente al llegar al extremo superior. A continuación, miembros ensangrentados del niño comenzaban a caer desde lo alto a una cesta que había en el suelo. Y finalmente, el fakir reaparecía bajando por la cuerda y volcaba el contenido de la cesta mostrando al niño intacto y en perfecto estado.

La referencia documental más antigua que se conserva de algo semejante es la atribuida al viajero árabe Ibne Battuta que afirmó haber visto una escena similar durante un viaje a Hangzou -China- en el año 1346.

Rumores y leyendas parecidas se hicieron muy populares a lo largo y ancho de la India colonial durante todo el S. XIX, hasta el punto de que un acaudalado Virrey llegó a ofrecer 10.000 libras a quien le desvelara el secreto de la mágica cuerda india con la única finalidad de poder impresionar al Príncipe de Gales, que iba a visitarle.

El primer elemento que llama la atención en la escena descrita es el de la repentina rigidez adquirida por la soga que, sin soporte superior alguno, era, según el relato del Chicago Tribune, capaz de mantener la verticalidad y sostener el peso de una persona mientras escalaba por ella.
Como siempre, ha habido diferentes formas y modos de enfocar la búsqueda de lo que realmente pudo haber ocurrido. Así, de un lado, nos encontramos con las inevitables explicaciones en clave de hipnosis colectiva, de supuestos poderes psíquicos, de fakires superdotados psi, de intervención de fuerzas y energías desconocidas e, incluso, con la sugerencia de que se trataba de un caso claro de levitación. No obstante, ninguna de estas propuestas pretendidamente explicativas llegó más allá de lo que puede esperarse de las aportaciones de quienes escriben, todavía hoy en día, cursillos varios de autoayuda y levitación, con capítulos titulados como: "Ya puedes volar. ¿Y ahora que?".
Por otra parte, también hubo aproximaciones al fenómeno mucho más razonables, explicaciones como la de que el relato parecía corresponderse, como mucho, con un espectáculo de magia y sus correspondientes trucos. De hecho, muchos magos han incluido esa escena como parte de su espectáculo a lo largo de todo el S. XX. El British Magic Circle (asociación británica de magos profesionales) estaba tan convencida de que se trataba de simple ilusionismo que ofreció 500 guineas a quien pudiera reproducirlo sin ningún tipo de truco. Y conste que varios lo intentaron, pero ninguno llegó a superar el reto ante testigos, cámaras, luz y taquígrafos fracasando tan estrepitosamente como quienes en la actualidad deciden enfrentarse al Reto de James Randi o al del laboratorio Zetetics de la Universidad de Niza, que ofrece un premio de 200.000 euros a quien demuestre la posesión de determinados poderes paranormales bajo las condiciones experimentales de observación marcadas por el profesor Henry Broch y su equipo de investigadores escépticos.

Desde luego que también ha habido quien lo ha intentado sin exponerse a la observación meticulosa de los escépticos, pero ni el más imaginativo de los fraudes, ni el más sofisticado de los montajes ha logrado superar un análisis riguroso. Cabe destacar, por su simplicidad y efectismo, la grabación, realizada con una cámara situada cabeza abajo y en un escenario adecuadamente preparado, de una soga que era descolgada. Al ser proyectadas la imágenes "cabeza arriba" daba la impresión de que la cuerda se iba desenrollando, erguida, hacia lo alto.

Pero incluso tratándose de un truco, todos los intentos realizados necesitaban de un escenario preparado, juegos de luces, espejos, compuertas y toda la parafernalia propia del ilusionismo a gran escala. Por tanto, ¿cómo se puede explicar lo que la narración original describía como ocurrido al aire libre, en la calle, a plena luz del día y en mitad de una muchedumbre?

Robert Wiseman, (psicólogo doctorado en la Universidad de Edimburgo y reputado investigador de los fenómenos paranormales desde el punto de vista racional), analizó los testimonios que se publicaron al respecto durante el periodo en que se propagó la leyenda y recopiló hasta 50 casos de británicos que decían haber visto esa escena en la India. Wiseman descubrió un cierto patrón común en todo ese conjunto de relatos y los clasificó en orden creciente de espectacularidad:
Tipo 1: Un niño que trepa por una cuerda. Fin del relato.
Tipo 2: El niño desaparece tras llegar al final de la cuerda y reaparece después bajando por la cuerda.
Tipo 3: El niño desaparece y no vuelve a aparecer.
Tipo 4: El niño desaparece y aparece en algún otro lugar.
Tipo 5: El niño desaparece y aparece en un lugar que ha estado a la vista de todos durante todo el tiempo (como la cesta del relato original).

No encontró durante su búsqueda ningún testimonio de decapitamientos ni de desmembramientos de niño alguno, ni de milagrosas reconstrucciones posteriores.
Daba la "casualidad" de que esa tipología de testimonios mantenían una nítida correlación con el tiempo pasado entre el momento en que se presenciaron las escenas y el momento en que fueron narradas. Para los casos del tipo 1 sólo habían pasado unos pocos años desde que los testigos lo vieron hasta que se lo contaron a la prensa. Sin embargo, a medida que avanzamos en la tipología de los casos narrados, resultaba que cada vez había pasado más tiempo entre la visión inicial y el recuerdo posterior en forma de crónica. Del orden de unos diez años más por cada tipo de relato de creciente espectacularidad. Este es el conocido como "efecto exageración" que se traduce en la máxima de que: cuanto más tiempo ha pasado desde que se fue testigo de algo, más se tiende a exagerar la historia.

Uno de los testigos que hizo un relato de tipo 1 mostró una foto de la escena que dijo haber presenciado. Se trataba de un espectáculo típico en las calles de la India, con un niño manteniendo el equilibrio en el extremo superior de una pértiga, vara que un adulto trataba de mantener erguida desde abajo.

Pero si todo ello no fuera suficiente para desterrar definitivamente estos cuentos al ámbito del folklore, de las leyendas urbanas y de la imaginación popular, hace unas semanas Peter Lamont (ex-presidente del British Magic Circle) publicó la respuesta definitiva al misterio del relato aparecido en el Chicago Tribune hace la friolera de 111 años. Lamont encontró una nota publicada en el mismo periódico, cuatro meses después, donde el autor del artículo confesaba que la crónica de la soga india no era verídica. Una discreta nota en la que nadie había reparado y donde se reconocía que nunca se contrastó la veracidad del episodio pero que se decidió publicarlo porque añadía exotismo a un tema que se suponía que debía tenerlo.

 
   

 
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