Volver

Volver



Buscar por números

Búsquedas

 

Antropología
 


SIRIO EN BANDIAGARA: MARCEL GRIAULE Y LOS DOGONES
Sergio Sánchez R.
URL: http://www.geocities.com/lanavedeloslocos/


La Nave de Los Locos http://www.geocities.com/lanavedeloslocos/

SIRIO EN BANDIAGARA: MARCEL GRIAULE Y LOS DOGONES
Por: Sergio Sánchez R.

La historia es bien conocida por los aficionados a la astroarqueología. Los dogones, un pueblo africano que habita la meseta de Bandiagara, en Mali, África noroccidental, parecen haber conocido desde tiempos remotísimos un secreto que se reveló mucho después a los astrónomos: el carácter de la estrella Sirio como sistema binario. Es el famoso “factor Sirio-B”. Pues, ¿cómo sabían los dogones que Sirio era una estrella doble? Así reza la pregunta que desde Erich von Däniken a Robert Temple han planteado los defensores de las visitas extraterrestres en el pasado; Temple escribió incluso, en 1978, un famoso libro intitulado El misterio de Sirio, donde cree demostrar incontestablemente tan fantástica y alucinante posibilidad.

¿Cómo pudieron conocer los dogones la verdadera naturaleza de Sirio? ¿Cómo, sin telescopios y con los medios de una economía rudimentaria? ¿Lo supieron por la intercesión educativa de los dioses astronautas? En este artículo me propongo, en realidad, invertir la pregunta y plantear una cuestión espinuda: ¿cómo supieron los antropólogos lo que los dogones sabían? ¿Cómo se determinó la estructura de su mito cosmológico? Por cierto, no soy competente para exponer la respuesta. Escribo como lo que soy, un profano en antropología, un simple lector de textos etnológicos (como quien lee libros de viaje por pura entretención, encastillado en su cómodo dilentantismo). Uno que a duras penas distingue El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad de las “diapositivas africanas” de Evans-Pritchard.

Tampoco me detendré en la refutación de las pretensiones astroarqueológicas. En un artículo futuro, James Oberg dará cuenta de las afirmaciones de Robert Temple, así que me abstendré de expresar mis dudas sobre el 2factor Sirio-B”. Aunque tampoco asumiré la postura cómoda que, se dice, habría tenido el gran Carl Sagan cuando le preguntaron sobre Sirio y los dogones: “Un astrónomo fue para allá y les contó todo el asunto“. Desafortunada respuesta; pero, ojo, que una caída no hace derrumbe. Mi negocio, por el contrario, estará centrado en el antropólogo que ha sido la fuente primaria de las informaciones: el francés Marcel Griaule.

En el N° 8 de la revista española El escéptico, Julio Arrieta califica a Griaule de etnólogo “entusiasta y poco riguroso“. ¿Estamos aquí ante una exageración? ¿Es la lenidad teórica de Griaule la “culpable“ “a larga distancia- de un enorme equívoco que ha abierto las compuertas a la especulación desenfrenada? Ya lo sabemos, los antropólogos dependen “en gran medida- del trabajo de campo. Deben involucrarse en el corazón del pueblo estudiado, vivir sus rutinas, compartir “si es posible- sus ceremonias, estar ahí como decía Clifford Geertz. No es que todos los etnólogos, pues, compartan esta visión del trabajo de campo. La tradición británica, por ejemplo, era inflexible en estos afanes: los investigadores debían ¡hablar! el idioma del pueblo investigado; de no ser así, la posibilidad de comprender lo que sucedía alrededor no pasaba de ser una quimera. Los franceses, en cambio, parece que no eran tan enfáticos en este punto, pues usaban generosamente de los intérpretes, sin complejos de culpa. El antropólogo Jack Goody, inglés por cierto, comenta así Dios de agua, el libro de Griaule sobre la mitología de los dogones: “Su trabajo consistió en hacerse traer un viejo dogon hasta su campamento y comunicarse a través de un traductor que, de hecho, era un suboficial de las fuerzas coloniales. Era una situación totalmente artificial. Y en lugar de efectuar observación alguna in situ, se limitó a plantear una serie de preguntas orientadas (...). Por tanto, en ciertos casos no puede procederse de otro modo que preguntando. Pero la totalidad del “mito dogon“ es una mera reconstrucción a través de dos personas sentadas frente a frente, la construcción de un “etnólogo“ que plantea cuestiones a su interlocutor por intermedio de un intérprete antes de haber extraído una composición de lugar global“ (Goody, p. 67).

Nótese que Goody, al referirse a su colega, ha entrecomillado la palabra etnólogo. Para el severo profesor de Cambridge, algo demasiado fantasioso y especulativo se deja traslucir en Dios de agua como para que el mito dogon sea confiable.

Pero Goody va más lejos. Cuenta que tuvo la oportunidad de ver una película sobre los dogones, dirigida por Jean Rouch, en compañía del propio Rouch y de la etnóloga Germaine Dieterlein, ¡ayudante de campo de Griaule! En cierto momento, después de registrar una típica ceremonia dogon, con las correspondientes máscaras y todo, “gira la cámara y se ve al fondo la resplandeciente aguja de una mezquita“ (recuérdese que los dogones, pueblo subsahariano al fin y al cabo, estuvieron rodeados de musulmanes, quienes los empujaron a refugiarse cada vez más en la incierta seguridad de su meseta. Estaban allí, recuerda Goody, porque “las praderas bullían de musulmanes y de guerreros a caballo“). Rouch le confesó a Goody que Germaine Dieterlein le había sugerido eliminar la comprometedora escena. Mas, ¿por qué pretendería Dieterlein, representante de Griaule, sacar el plano de la mezquita?

Piénsese en el aspecto que más destacó Griaule de la mitología dogon (y que también ha cautivado a sus involuntarios sucesores, como Robert Temple): su simbología zodiacal es parecida (muy Parecida) a la caldea y cercano-oriental. Es que Griaule buscaba enfatizar el aislamiento de los dogones, su singular originalidad. No en vano considera que las similitudes apuntadas son el fruto de creaciones independientes, sin “préstamos“ desde el imaginario oriental a las alturas de Mali. Esto le lleva a celebrar el genio dogon, equiparándolo en sagacidad intelectual con el de caldeos y árabes.

Goody: “Era una de sus ideas fijas. Los signos del zodíaco eran construcciones puramente formales y arbitrarias, de modo que resulta francamente difícil imaginar cómo alguien iba a inventarse unos signos que ya se utilizaban, por ejemplo, en el norte de África. Existe desde luego una explicación mucho más “económica“: los dogon vivían cerca de una mezquita, no estaban lejos de Djenné y otros centros religiosos, y su cultura había sufrido la influencia de los libros islámicos que circulaban por toda la región“ (op. cit., p.68). Que no le vengan, pues, a Goody con la radical originalidad de la mitología dogon. Entonces, ¿qué queda, en medio de tanta confusión, para los fundamentos de Sirio-B?

Vapuleado vemos a Marcel Griaule. No obstante, defensores no le faltan. Acaso el más destacado sea James Clifford, un eminente antropólogo estadounidense. En Dilemas de la cultura, en páginas notables, Clifford arroja una luz nueva sobre las excursiones y relatos de Griaule, no vacilando en decir: “La obra de Griaule y sus seguidores es uno de los logros clásicos de la etnografía del siglo XX. En ciertas áreas destacadas, su profundidad de comprensión y lo completo de sus detalles no tienen paralelo“ (Clifford, p.81).

Pues Clifford distingue dos grandes etapas en el trabajo etnográfico de Griaule; la primera es propiamente documental y la segunda, importantísima y olvidada por los críticos, es la exegética. En esta etapa cobra fundamental importancia el viejo dogon Ogotemmeli, el hombre que cuenta a Griaule la mitología de su pueblo. Ogotemmeli es una especie de “iniciador“ de Griaule en los misterios de la cosmogonía dogon. Griaule, ante sus relatos y enseñanzas, asumió muchas veces el papel de un discípulo, la figura del “antropólogo-iniciado“ que se haría tan célebre desde fines de los años sesenta.

Por tanto, el dramatismo, la teatralización, las connotaciones épicas y novelescas, esas “adherencias“ que tanto desdeñaron los críticos de Dios de agua, son evaluadas positivamente por un sector de la antropología contemporánea. Acaso Ogotemmeli se entienda mejor traducido, como dicen los expertos que pasa con la poesía de Rilke. Pues, ¿dónde encontrar la verdadera naturaleza del mito dogon? ¿En cualquiera de los individuos maduros de tal pueblo? ¿O es que Ogotommeli es el último preservador del secreto?

Tras su revaloración de la obra de Griaule, Clifford asume el escepticismo posmodernista frente a todas las pretensiones de objetividad, aceptando humildemente las exageraciones, como un precio a pagar por “el trabajo de campo a largo plazo“. Sostiene que “la tradición de Griaule ofrece una de las pocas alternativas perfectamente elaboradas frente al modelo anglonorteamericano de observación participante intensiva“ (p. 83).

Entonces, ¿podemos confiar en la labor recopilatoria de Griaule? Quizás la solución consista en estudiar más profundamente el impacto, más o menos feliz según los casos, del saber occidental sobre las culturas ágrafas. Sólo así podremos establecer dónde comienza la deformación y el “préstamo indebido“ o si, llegado el caso, es imposible escapar y librarse de ellos, aun en las circunstancias más ideales soñadas por Malinowski o Goody. En el asunto de Sirio-B y los dogones, como tantas otras veces, el ruido de fondo impediría escuchar cualquier señal, por interesante que fuese.

Para más información:
Referencias bibliográficas.
- Clifford, James: Dilemas de la cultura, Gedisa, Barcelona, 1995.
- Goody, Jack (con Pierre-Emmanuel Dauzat): El hombre, la escritura, la muerte, Península, Barcelona, 1998
- Griaule, Marcel: Dios de agua, Barcelona, Alta Fulla, 1987.

 
   

 
© 2002 - ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico