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Escepticismo
 


LAGARTO, LAGARTO: TOQUEMOS MADERA
José María Romera

La estupidez humana ha fabricado un repertorio inagotable de pequeñas manías, a las que muchas personas se aferran para enfrentarse a lo incierto de la existencia

No hacer nada importante un día que caiga en martes y 13, evitar pasar debajo de una escalera, colocar herraduras en las puertas, derramar la sal en la mesa, buscar tréboles de cuatro hojas... Son costumbres insignificantes que responden a supersticiones muy arraigadas y que para muchas personas se convierten en presagio de los peores infortunios o garantía de éxitos seguros. La estupidez humana ha fabricado un repertorio inagotable de pequeñas manías a las que no son pocos los que se aferran para enfrentarse a lo incierto de la existencia, depositando en ellas la explicación de los acontecimientos. En ocasiones se trata de supercherías universales -como el maleficio del número 13-, en otras son propias de un grupo o gremio -el color amarillo entre la gente del teatro, la montera caída al revés entre los toreros- y otras veces quedan para uso individual o reducido, como ocurre con algunos fetiches particulares supuestamente portadores de buena suerte pero que sólo surten efecto en su propietario.

Imponer los propios designios sobre los vaivenes del azar ha sido una constante humana en todas las culturas y épocas. En esta lucha entre voluntad y fatalidad, la ciencia nos ha ido dando armas útiles para prevenir enfermedades o forjar proyectos exitosos, pero pese a ello seguimos afrontando un sinnúmero de contingencias que escapan a nuestro control. Hay quienes buscan explicaciones absurdas y remedios irracionales como defensa psicológica ante la abrumadora impredecibilidad del mundo. Restos de mitos y creencias perdidas o herencia de remotas costumbres rituales, las supersticiones comunes ponen un toque de divertido primitivismo en la realidad que nos rodea e incluso quedan adheridas a tradiciones folclóricas identitarias de un pueblo o una cultura.

Delirio maniático

Pero el individuo supersticioso puede llegar a convertirse en un manojo de aprensiones delirantes que lo alejan de la realidad. Confundiendo las relaciones entre causa y efecto, atribuye sus reveses a acontecimientos tan peregrinos como encontrar a su paso un gato negro o al hecho de no haberse santiguado al salir de casa. Y, en consecuencia, busca sus salvoconductos en otras acciones no menos ridículas como ponerse calcetines disparejos, tocar un trozo de madera o llevar encima un determinado amuleto. Este determinismo de andar por casa crea una tupida red de prácticas entre esotéricas y grotescas que moverían a risa si no condujeran al delirio maniático, como sucede no pocas veces, ni comprometieran a los otros en el juego de rarezas impuesto por el espantadizo de turno.

Es cierto que la raíz de la superchería está en la ignorancia. Hay una comprobada correspondencia inversa entre el nivel cultural y el pensamiento mágico, pero sorprende a menudo encontrar personas instruidas que, en determinadas parcelas de su cotidianidad, siguen algún precepto supersticioso. De manera consciente o inconsciente, todos llevamos impreso algo de ese atavismo precientífico que tan pronto nos implica en el ritual de las doce uvas en el paso de año como nos deja un leve estremecimiento al ver que la sal se nos ha derramado en la mesa. En la medida que estas u otras actitudes sean pasajeras y queden en anécdotas o, por el contrario, provoquen malestar o pánico, deduciremos hasta qué punto podemos considerarnos supersticiosos.

Tal vez llevar encima una pata de conejo trae buena suerte, pero por si acaso no se lo pregunten al conejo. Si un espejo roto nos anuncia una desgracia, tal vez no sea otra que el gasto de reponerlo. Cruzarse en la calle con una pareja de monjas da mal agüero, en efecto, pero eso se debe a que nos pueden pedir limosna y limpiarnos los bolsillos. Cuando alguien nos observa con mirada aviesa, no es que nos esté echando el mal de ojo, pero sí cabe la posibilidad de que pase a las manos. Y tampoco conviene pasar por debajo de una escalera, claro es, pero por la sencilla razón de que nos puede caer encima el bote de pintura o la llave inglesa del operario que está encima.

Un hilo de fantasía

La inclinación supersticiosa no tiene sus raíces forzosamente en la credulidad. Son proclives a ella algunos seres perfeccionistas y amigos de la rutina que se sienten inseguros si no repiten diariamente los mismos gestos. La mente se ocupa del resto, y crea asociaciones erróneas entre desorden y desgracia, del mismo modo que el miedo a la novedad suele provocar la huida de situaciones infrecuentes que, también de manera incontrolada, relacionamos con el riesgo o el presagio de mala fortuna. De ahí a consultar los horóscopos o visitar a quiromantes va un abismo. Y es que en el fondo todos necesitamos un hilo de fantasía que nos vincule a lo inexplicable, alimente nuestras buenas esperanzas o nos aplaque los temores ante el porvenir. Dado que no podemos gobernar el azar, participamos en su juego con dados inservibles que nos crean la ilusión de poder dominarlo.

 
   

 
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